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Una exposición en La Mina homenajea a los vecinos del Campo de la Bota

29/05/2017 – El Archivo Histórico de La Mina busca a quienes vivieron en las barracas para recoger su testimonio en un libro.

No queda rastro del Campo de la Bota. El barrio de barracas desapareció de la Barcelona que echó tierra encima de sus imperfecciones. Llegaron a juntarse más de 4.000 almas allí donde se asienta el Fòrum. “No me acuerdo dónde estaba mi casa. La construyó mi padre cuando vino desde Nerja, antes de que nos trajera a mi madre, mi hermana y yo, en 1948. Una vez se nos inundó cuando se desbocó la riera. Sólo tengo un punto de referencia con el que intento situarme, desde la avenida Prim”, confiesa Antonio Ortega, que vivió allí 25 años, de la infancia a la madurez, antes de trasladarse en 1973 a los primeros bloques de La Mina.
Antonio recorre con su hermana la exposición que acoge la biblioteca del barrio, que muestra 68 fotografías del Campo de la Bota. Es una mínima parte de los dos millares que, en su mayoría, los vecinos dejaron que copiara Josep Maria Monferrer, que dirige el Archivo Histórico de La Mina. “Son tantas que podríamos hacer tres exposiciones… Ha sido gracias a personas que no han querido que la vida de sus familias se pierda”, resalta Monferrer, maestro de varias generaciones en el barrio y enfrascado en fijar su memoria frente a los estigmas que lo lastran.
La muestra es un modesto homenaje a quienes habitaron las chabolas (“mucha vida era en la calle porque en las barracas no se cabía”, incide Monferrer), a lo que se suma otro fin: contactar con quienes se reconozcan en las imágenes para plasmar sus recuerdos en un libro, que el pedagogo prepara para 2018. “Nos falta la voz de los que vivieron en el Campo de la Bota”, advierte Monferrer, que asistido por unos universitarios ha pedido teléfonos y direcciones entre quienes han acudido a la exhibición. Ya ha hallado una treintena de posibles testimonios.
Mujeres llenando garrafas en la fuente, la ropa tendida entre casitas de autoconstrucción, el agua hasta las rodillas de los vecinos tras una inundación, niños mirando a cámara en calles sin asfaltar… Antonio se reconoce entre los escolares a las puertas del castillo de las cuatro torres, el cuartel del siglo XIX que rodeaba las casuchas y ejercía de colegio. “Lo recuerdo con añoranza, fue allí toda mi infancia”, expresa, “el cura José Liñán pedía a los ricos para nosotros. Por eso nunca nos faltó un paquete el día de Reyes ni la palma, y para la comunión nos compraba un traje”.
“Me crié en las cuatro torres. Allí fui al colegio y hasta me casé”, atestigua Antonia Ferré, hija del dueño del “bar del catalán”. “Había el del francés, el del águila, el de la Montserrateta… Teníamos el bar y la casa en el merendero de la playa. Un temporal se lo llevó. El primero nos lo tiraron y nos dejaron en la calle”, explica Antonia. “Lo echo en falta. Éramos como una familia. Si te tiraban la barraca, la gente se ayudaba. Mi madre, Rosa, se hizo cargo de gente que venía de fuera”.
“Había una relación en red entre los vecinos extraordinaria”, elogia Monferrer, que destaca la “revolución” pedagógica de los escolapios en el Campo de la Bota, la creación de la primera escuela gitana de España o la guardería Belendai (“amor de madre”, en romanó), donde madres gitanas cuidaban de sus pequeños. “Podría haber sido muy marginal, pero la lucha por la dignidad de los vecinos llevó a que se situara por encima de otros barrios de barracas”, señala.
La nostalgia no oculta las carencias. “Venir al piso a La Mina fue una mejora. Ya no teníamos que ir a por agua a la fuente y pasamos a tener suministros. Pero allí estábamos como en un pueblo, sin nada que nos pudieran robar, siempre con la puerta abierta”, rememora Antonio. “Fueron los años más felices de mi vida. Los más libres, los más gitanos. Se vivía más solidariamente, sin maldad, no había llegado aún la droga”, aprecia otra vecina, sólo hasta los cinco años en la Bota, pero no lo ha olvidado: “Cuando nos trajeron al piso, no había visto nunca un váter. ¡Ni el agua corriente! Mi madre estaba encantada. Yo lloraba, quería volver al Campo de la Bota”.
La muestra recorrerá otros espacios de Barcelona. En julio, podría recalar en la cárcel Modelo, una vez ya clausurada. De la prisión salió la mayoría de los 1.700 fusilados en el Campo de la Bota durante el franquismo.

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