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Las ruinas de la Atlántida: de templo del ocio nocturno a hogar de sintechos

Jordi Ribalaygue / Javier Torres - 23/12/2016
Los sin techo hacen vida dentro del recinto

“Aquí fue donde estuvo la rubia rica de los hoteles...Paris Hilton, ¿no? Tiró una camiseta y la cogí yo, que aquella noche estaba trabajando. Al día siguiente, todas las camareras me la querían comprar, pero ya les dije que la había colgado en el cuarto de mi hija”. Alfonso fue uno de los encargados del mantenimiento y 'manitas' de la discoteca. Aún recuerda qué labores desempeñó en cada rincón de las piscinas, y es casi capaz de describir cómo ha ido desapareciendo todo el mobiliario que hoy falta.
 
Ya desligado de su responsabilidad, ha seguido accediendo de vez en cuando a las instalaciones, con la nostalgia de quien un día sintió como suyo aquel espacio. “La mayoría de los que trabajábamos, más de un centenar, éramos gente de Sant Adrià, que se cerrara fue una cagada”, mantiene Alfonso. Accedemos por la puerta principal, previo aviso al 'inquilino' que ha entrado escasos minutos antes con su perro. Y nos convertimos en cómplices espectadores del deterioro.
 
Desde la zona VIP de la antigua discoteca Atlántida se controlaba toda la situación de las piscinas y pista de baile, con algunas botellas de Moët y otros caros licores sobre la mesa y entre blancos sofás. Hoy, es el punto desde el que mejor se percibe la decadencia consumada de una instalación que hace tan solo un par de años facturaba decenas de miles de euros cada noche y contaba con artistas y figuras del 'famoseo' con cachés no mucho menores. Y una de cuyas piscinas fue cubierta de cemento para convertirla en parte de la zona de baile.
 
De aquellos ajetreados meses de verano solo queda el cartel de la última fiesta, todavía colgado en una de las paredes. El resto, a excepción de las pesadas fijaciones ancladas al suelo de la carpa central y algún elemento de obra difícil de transportar, es historia. Calem se llevó buena parte de los equipos, y lo demás nutrió el pillaje y la picaresca de todos los que sacaron provecho de cualquier objeto al que se le pudiera poner un precio: tarimas de madera, metales, cerámica.
 
El suelo sobre el que antaño anduvieran tacones de aguja y zapatos de charol es una suerte de vertedero lleno de escombros, botellas rotas, basura y algunos excrementos y jeringuillas escondiéndose en los rincones de los ojos de nadie. De nadie, más que del grupo de personas sin techo que viven en las antiguas piscinas y han hecho suyos algunos espacios con colchones y sábanas. En la parte de la ex-discoteca más cercana a la playa, un microondas, cargadores de móvil, alguna garrafa de agua e incluso una mesa de cámping con un mantel a cuadros, tazas usadas y varias sillas a su alrededor humanizan un espacio desolado por las vicisitudes legales y el desdén administrativo.
 
“Deben de ser cerca de una decena. Entran como Pedro por su casa; tienen montado un mecanismo para abrir y cerrar la puerta principal. Conocemos a algunos de ellos, que incluso se sientan a tomar algo de vez en cuando aquí, con nosotros”, relata el responsable de la caseta del Club de Petanca de San Juan Bautista, ubicada juntos a las piscinas y el Marina Besòs. “Nunca han dado problemas, los que conocemos son buenos chicos”.
 
El intento de desalojo no prosperó
 
La Policía Local tomó imágenes de los destrozos y se enviaron al Consell Comarcal en junio. La propuesta de desalojo que el Ayuntamiento y el Consell tantearon entonces no surtió efecto.
 
El gerente del órgano comarcal, Jaume Vendrell, envió una carta al Consistorio hace más de medio año, después de un incendio en la piscina, en que expresaba la “conformidad” del Consell “para acceder, con el auxilio de la Policía Local y los agentes de seguridad que consideréis pertinentes, al interior del recinto”.
 
“Confiamos en que la actuación policial permita desalojar a las personas que se encuentran en el recinto y poner fin a esta ocupación ilegal”, decía. Faltó plasmarlo en una denuncia, según otras fuentes.

 

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