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La venta y el consumo de droga vuelven a crecer con fuerza en La Mina

Jordi Ribalaygue / Javier Torres - 31/03/2017
Material y sala de venopunción en la Mina

“Estamos en el barrio de La Mina porque hay un gran problema de venta de droga”. Lo confirma Noemí González, coordinadora de la sala de venopunción, lo que se conoce como ‘narcosala’. No hay otra más concurrida en Cataluña: en 2015, acudieron 1.967 personas, que se inyectaron droga 64.553 veces, casi el doble que las que sumaron juntos los otros 10 puntos de asistencia para toxicómanos de la red de la Generalitat.

Al barracón se entra pasando por enfrente de la comisaría de Mossos. El otro acceso se tapió porque desde algunas viviendas de la calle Venus disparaban balines contra los drogodependientes. “Nos dedicamos a la reducción de daños de los consumidores, por lo que debemos estar muy cerca del punto de venta; si no, los usuarios consumirían en la calle”, argumenta la responsable. 

González calcula que pasan a diario unos 130 toxicómanos a inyectarse -bajo observación sanitaria y en condiciones higiénicas- la heroína, la cocaína o el ‘speedball’ (la mezcla de ambos estupefacientes) que han adquirido minutos antes. En el centro se llega a 330 pinchazos por día.

“La sala siempre está llena”, atestigua la coordinadora. Nunca habían atendido tantos casos. A finales de 2015, controlaban unos 260 pinchazos por jornada. 

González constata que la venta y el consumo han crecido “muchísimo” en La Mina. Se registraron unas 53.347 consumiciones en el local en 2014; al año siguiente, se dispararon un 17%. Al abrir en 2006, se produjeron unas 8.000 consumiciones.

Tal aumento refleja que la  presión policial contra el narcotráfico en Barcelona y, en meses recientes, en Badalona ha empujado a muchos toxicómanos a La Mina. Se estima que más del 80% de quien se droga en el barrio procede de la capital.

El flujo decayó a principios de 2016, tras dos grandes batidas antidroga y, sobre todo, por la huida de decenas de familias por temor a una venganza a raíz de un asesinato en el Port Olímpic. «Estuvimos mucho tiempo a medio gas”, recuerda González, “mucha venta se desplazó a Sant Roc. El día que hay redada trabajamos menos». No obstante, han notado el retorno de consumidores.

En un reservado, los usuarios se suministran la dosis bajo supervisión. Se les entrega material para un solo uso: jeringuillas, cazoleta, papel, alcohol para desinfectar y goma. También se les facilita dos jeringuillas y tantas otras como usadas devuelvan para pincharse fuera del recinto. En 2015, se distribuyeron 224.129 jeringuillas en La Mina, más de la mitad de las despachadas en Cataluña. Cerca del 70% se retornaron. “Las damos porque abrimos 10 horas al día y los consumidores consumen las 24 horas”, argumenta la coordinadora.

Se cuentan ocho asientos para inyectarse en el local. La alta afluencia obliga a regular el acceso. Cuando el espacio se traslade al nuevo ambulatorio, dispondrá de 11 puntos de consumo y una sala de fumadores de estupefacientes.

En el centro se vacuna a los drogodependientes, se los deriva a hospitales, clínicas de rehabilitación u otros servicios y los acompañan a efectuar trámites si lo requieren. “Trabajamos la autonomía, pero el primer contacto lo hacemos con ellos”, comenta González, “están tan excluidos que tienen miedo muchas veces a romper esa barrera”.

 

Gestionar la espera antes del consumo
 
Pasa un cuarto de hora de las 10 de la mañana y en la cola en la puerta de El Local, el nombre con el que se conoce la sala de venopunción, ya esperan cuatro o cinco personas. Una decena ha llegado antes con sus dosis y han conseguido ser los primeros del día. El goteo de usuarios, en un recorrido prácticamente automático desde el entorno del edificio Venus, es incesante. “A las 10 tenemos que abrir como un clavo porque ya hay gente impaciente”, cuenta la coordinadora.
 
Al entrar, los consumidores cumplimentan un contrato en el que registran las dos primeras letras de sus apellidos y su fecha de nacimiento. Se les asigna un código, con el que funcionarán permanentemente, y se les presenta a todo el equipo. Es el inicio de un vínculo de confianza clave para el buen desarrollo y ambiente del centro, cuenta Noemí. Todos los datos que recogen de los usuarios, sean reales o no, son confidenciales. Solo una orden judicial puede obligar a desvelarlos, algo que no ha pasado nunca.
 
La sala, gestionada por la Fundación IPSS, es un “centro de baja exigencia”: cualquier mayor de edad consumidor de droga, siempre que no sea lúdico, puede acudir. En una entrevista previa, los trabajadores elaboran un perfil aproximado de cada persona para comprobar si son consumidores habituales. La media de edad es de 38 años, y hay personas desde 18 hasta 67 años, el 80% hombres. En el caso de detectar que alguien pudiere ser menor, piden la documentación y, si se certifica, se ponen en contacto con la DGAIA.
 
Después de llegar y registrarse, pasan a la sala del café, un espacio de espera donde los usuarios pueden tomar o comer algo. “Es un espacio clave. Con el mono, la droga en la mano y lista de espera delante suyo, muchos se irían a la calle. La sala es una forma de retenerlos, y también de controlar el postconsumo y evitar sobredosis”. Además, es un lugar donde intentan romper con la dinámica de la drogadicción mediante actividades, foros de cine o incluso una liga de fútbol. También disponen de un pequeño servicio de baño y duchas donde lavarse y aliviarse.
 
Los 80 casos de sobredosis de 2015 y el remedio instantáneo
 
Cuando acceden a la sala, los usuarios firman un consentimiento para permitir que el equipo pueda actuar en caso de sobredosis. Los 28 empleados están preparados para reaccionar ante una emergencia que puede costar la vida; además, tres enfermeros los supervisan mientras consumen. En 2015, intervinieron en 80 casos de sobredosis; 130, en el 2014. Una proporción muy alta, apuntan desde el centro.
 
En un estado de sobredosis, el cuerpo no recibe oxígeno y el objetivo principal es intentar que el organismo vuelva a captar aire. Si los profesionales no lo consiguen masajeando o de forma natural, acuden a un medicamento llamado naloxona, que tiene una vida corta dentro del individuo pero que lo reanima instantáneamente. Se pincha tanto vía intravenosa como muscular.
 

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