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Casi un tercio de las familias que huyeron de La Mina tras el asesinato del Port Olímpic no ha regresado

Jordi Ribalaygue / Javier Torres - 03/03/2017
La Rambla de la Mina, en una foto de archivo

“Dani Ugal, siempre presente”, reza un muro a la entrada de la Mina desde el frente litoral. Es uno de los pocos rastros tangibles del homicidio en el Port Olímpic que sacudió la comunidad gitana del entorno del Besòs a principios del pasado año y que obligó a centenares de personas de La Mina y Sant Roc, sobre todo, a marcharse por respeto a la familia del fallecido, los Baltasares. Y para esquivar cualquier conato de venganza.
 
Distintos clanes del entorno del Barcelonès Nord, los 'Pelúos', mayoritariamente, pero también los 'Zorros' y los 'Cascabeleres', entre otros, abandonaron sus casas y vidas, siguiendo la ley gitana, hasta que apaciguara la tormenta. La Mina y Sant Roc notaron un evidente descenso de sus poblaciones y su actividad en asociaciones y escuelas. Aunque las administraciones implicadas nunca han precisado cuántas personas tomaron el camino del ‘exilio’, se estima que supera el medio millar entre ambos arrabales.
 
Tras algunos tímidos intentos, incluida una incursión durante todo un fin de semana de decenas de familias al barrio de Sant Roc, donde se manifestaron para exigir una solución a un problema que les tocaba de lejos pero les afectaba enormemente, la situación empezó a volver a su cauce. En verano, muchas familias pudieron emprender el camino de vuelta a casa tras meses malviviendo en viviendas vacías, pisos ocupados e incluso coches, en los peores casos.
 
Un año después, no obstante, la herida sigue abierta. Y es que, según cifras municipales, casi un tercio de las familias que huyeron de La Mina, una veintena de 68, no han podido regresar al barrio. Una cifra que se reduce hasta el 10% en el caso de Sant Roc. Se identifica a quienes no han retornado con quienes guardan un mayor parentesco con los sospechosos de haber participado en el crimen del Port Olímpic. “Los que no lo han hecho aún, será difícil que vuelvan”, apuntan distintas fuentes, tanto de las autoridades como del tejido civil.
 
Desde el Ayuntamiento de Sant Adrià, Servicios Sociales sigue en “contacto constante” con cuatro de las familias exiliadas, aunque el pico de mayor seguimiento llegó a las 24 familias. “Tanto desde el Consistorio como desde el Consorcio de La Mina seguimos coordinándonos con los Servicios Sociales de los municipios en los que se encuentran”, precisa la regidora Filo Cañete. “No digo que se haya superado, pero la situación se ha estabilizado dentro de todo lo que supuso”.
 
En un centro social de la Mina, nueve familias que lo frecuentaban desertaron a la vez. “Hubo una gran bajada de asistencia los primeros días, porque la gente no relacionada con el conflicto se quedó en casa, asustada”, cuenta un pedagogo del espacio. “Nos pasó una cosa extraña, y también a otras entidades, y es que de repente tuvimos plazas libres, cuando siempre tenemos lista de espera”, explica. El mismo educador expresa que la situación “tardó en normalizarse”.
 
En el ambulatorio de La Mina, también detectaron que hubo pacientes que desaparecieron de un día para otro. “Nos dimos cuenta por la gente mayor que dejó de venir de golpe”, comenta una trabajadora, “son personas a las que hacemos un seguimiento habitual de sus enfermedades, pero dejaron de venir o no nos llamaban para que acudiéramos a casa. Han ido volviendo, aunque no todas”.
 
El pedagogo mantiene contacto con tres familias que siguen fuera. Le han dicho que no volverán: “Lo tienen claro. Nos transmiten un sentimiento de pérdida, sobre todo de los niños, por haber perdido el cole, el barrio, los amigos…”. Asegura que hubo gente a la que fue difícil seguir la pista porque “cortó toda relación” para proteger su seguridad.
 
El educador opina que el problema supuso un “paréntesis brutal” en la vida del barrio y que se ha estabilizado, aunque recalca que quien no ha vuelto ya difícilmente lo hará. El alojamiento de quienes siguen escondidos es precario, ya que la mayoría ocupó viviendas vacías. “Sólo se puede hablar de normalidad si se acepta que hay gente que no volverá. No se trata de darlo por cerrado cuando se puede aprender. Otra mala fiesta puede acabar igual”, advierte.
 
Badalona y Sant Roc, menor afectación
 
En Sant Roc, la afectación que todavía persiste es menor que en el caso de La Mina. Parientes lejanos a los directamente implicados en el homicidio de hace un año, en la mayoría de los casos, prácticamente todos los exiliados han ido regresando los últimos meses, incluso las cabezas más visibles de la comunidad gitana del barrio, apuntan fuentes estrechamente ligadas al colectivo. “Es posible que alguna familia o algunas personas sigan fuera y quizá no puedan regresar, pero se trata de casos muy concretos”. Y se ceñiría a los parientes más allegados. El Ayuntamiento ha preferido no ofrecer los datos oficiales.
 
No obstante, se calcula que alrededor del 10% de las familias siguen ocultas lejos de sus hogares. Sólo en el barrio de Badalona, entre 100 y 115 menores se marcharon con sus familiares tras difundirse la amenaza. “Entre el 80% y el 90% de las familias ya había vuelto en mayo pasado”, apunta la educadora Núria Sabater, que ha coordinado la atención de los escolares de Badalona que huyeron. “De algunas supimos que habían vuelto pero se habían encerrado en los pisos. Trabajamos con ellas para reducir miedos. La Guardia Urbana vigilaba la entrada y salida en los colegios. Tranquilizaba a los padres”, detalla.
 
Cerrada la comisión de seguimiento en la Generalitat
 
A finales de noviembre, la Generalitat puso fin a la comisión en la que participaron los ayuntamientos de Sant Adrià y Badalona, así como una veintena más de localidades donde se instalaron los fugados. Fuentes de la comisión niegan que se negociara con los ‘Baltasares’ para que depusieran su llamada a vengarse. “No nos sometemos a esas leyes”.
 
"Estamos donde podemos. No está facil"
 
“No sé si un día habrá venganza. Va a ser difícil que esto se acabe”. Lo dice un vecino que se esconde con su esposa en una vivienda vacía que ocuparon en una población que evita precisar. Este medio no publica su nombre para resguardar su seguridad.
 

Tras marcharse con su familia al ser señalado como pariente de uno de los detenidos por el asesinato, regresó a su casa después que mediara a su favor un “anciano” ante los ‘Baltasares’, el clan al que la víctima pertenecía. “Estuve tres meses”, cuenta el afectado, “luego dijeron que se habían equivocado. Se quejaban de que otras personas quisieran entrar conmigo. Me hablaron de una manera que no me gustó. No quería problemas. Fueron tres meses y me echaron”.

 

De nuevo, evita el extrarradio de Barcelona. “No me quiero dejar ver mucho”, aduce. Aunque su nombre sigue en la lista de vetados, sus familiares directos han podido recuperar sus viviendas y retomar su vida sin temor. “Estoy con mi señora, donde podemos. No está fácil, estamos solos”, cuenta el hombre.

 

Durante el año pasado, se dio la particularidad en La Mina que vecinos que habían huido volvían de repente y se dejaban ver en la calle. Era una forma de calibrar sus opciones de quedarse o desistir en el intento. “Según el revuelo, sabían si podían quedarse o no. Algunos no tienen capacidad para estar fuera o encontrar trabajo, o no tienen familia”, comenta un maestro.

La amenaza era tan inconcreta e indiscriminada que, en casos de personas con pocos lazos con los supuestos homicidas, retomaron la rutina tras pocas semanas. Los hubo que, aun durmiendo fuera de La Mina, no dejaron de acudir, por ejemplo, a clases para adultos.

 

El afectado ha tirado de contactos para intentar conseguir un piso social. Cuando habló con este medio, no descartaba desplazarse y ocupar otro domicilio para estar más cerca de los suyos.

Sin aspiraciones a recobrar su vida, ha querido deshacerse de su vivienda. “Le he dicho al Ayuntamiento mil veces que se la quede y que la venda, pero no dicen nada, ni una llamada de cómo me encuentro”, asegura.

Comentaris
Les meves condolències als afectats, sobretot als que són cívics. Al bloc on hi havia molts "Pelúos" (Venus), la setmana que ve sabrem què s'hi farà (rectifico, què volen fer, ja que si les reubicacions són a La Catalana, els veïns no ho acceptaran).
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